El sábado 10 de diciembre último quedará en la historia. Por primera vez en toda la América Latina, una mujer fue reelecta para ejercer su segundo mandato como presidenta de un país. Ese dato, con seguridad, es el que quedará en los manuales estudiantiles, si es que para los tiempos en que nuestra época sea materia de estudio escolar, todavía se utilicen esos instrumentos de la pedagogía propia del siglo XX. En cambio, del contenido político del acto de asunción de Cristina Fernández de Kirchner, todavía no sabemos qué será escrito.
Muchas y variadas cosas se pueden decir. Si no no podrían invertirse los caracteres que dedican los medios capitalinos de alcance nacional, favorables y contrarios al rumbo decidido que tiene el país, para disputar en el espacio público las significaciones de los acontecimientos relevantes.
Esa disputa por el sentido de lo que ocurre, hace un tiempo ya, tiene nuevas reglas de juego. Como se ha dicho en más de una oportunidad, hemos experimentado un proceso histórico, con el compromiso de amplios sectores de la sociedad y no exclusivamente la voluntad de un gobierno, donde ha calado profundamente una idea que difícilmente pueda ser rebatida en adelante.
Sobre la institucionalidad de la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, hay aspectos culturales que han llegado para quedarse: la relatividad de lo que en prensa se dice resulta una verdad, permítase la paradoja.
La estrategia de algunos, que intentan disfrazarse de víctimas de la persecución del gobierno, cuando en realidad no son atacados sino que han sido desnudados en su parcialidad, ya no corre para una sociedad que ha subido un escalón en su acercamiento a la realidad.
La Presidenta, en su discurso de asunción, se refirió al tema advirtiendo que no había que guiarse por las letras de molde. Aunque Morales Solá interprete eso en su columna del diario La Nación como una fobia o un ataque al periodismo por parte de Cristina, en realidad se trató de una mención sin nombres propios. Fue un comentario de carácter general, un señalamiento propio de una etapa post ley de medios, que involucra a propios y ajenos.
Quien escribe sabe también que hacer este tipo de análisis desde las páginas de un diario verdaderamente libre puede resultar contradictorio para más de un lector. Sin embargo, estas palabras se inscriben en un contexto más sincero que el de épocas pasadas, cuando lo dicho en los medios de comunicación era recibido sin cuestionamientos.
Hoy sabemos que las palabras antes que verdad constituyen herramienta de disputa, armas peligrosas en ocasiones, pero ya cada vez menos desconocen que esos son los atributos propios de la prensa y la opinión.
A diferencia de la perversa fórmula utilizada por Luis Majul, que dice no creas en nada, ni siquiera en esto que acabás de ver, quienes creemos con honestidad en la relatividad de nuestras verdades, sí queremos que nuestros interlocutores nos crean. En su vocación persuasoria, en su intención política explícita radica el valor de la palabra. No está mal querer convencer. De eso se trata en definitiva el rol del “opinador”. Permítase entonces la licencia para analizar, desde una parcialidad, el acto de re-asunción de CFK.
EL FUTURO
Pocos gobernantes contemporáneos tienen la capacidad de hacer lo que hizo Cristina: al tiempo que emocionó, y dio su clase de estadista. Aunque algunos opositores, mediáticos y partidarios, hayan intentado decir que la Presidenta no se refirió al futuro, ella no escatimó detalles para describir de manera pedagógica los desafíos macroeconómicos a los que se enfrenta el país en un contexto de crisis internacional, entre los que coló fuertes definiciones de política internacional, reafirmando la sociedad estratégica con Brasil y la integración latinoamericana.
No le tembló el pulso para tipificar a los actores que inciden en la política doméstica e incluso “institucionalizó” las nuevas tensiones entre el capital y el trabajo que ya tienen un pasado reciente y tendrán nuevos capítulos en lo que se viene. Precisó la idea que había deslizado en la conferencia anual de la UIA (Unión Industrial Argentina): sintonía fina es atender “punto a punto”, sector por sector, posibles dificultades de competitividad de las empresas para propiciar la inversión, el crecimiento, el desarrollo y la industrialización.
Resulta extraño que se la atacara por no hablar del futuro, cuando dejó en claro que deberán mejorarse las capacidades estatales para atender a los nuevos desafíos. Cristina dijo sin eufemismos no querer un Estado bobo. Se refirió a una progresiva reforma del Estado que, a diferencia de la de los años noventa, no será neoliberal, sino nacional, popular y democrática. Eso que por aquellos años el Banco Mundial denominaba “eficiencia y eficacia”, deberá aggiornarse a las definiciones actuales del Estado argentino.
La profundización del modelo va encontrando líneas de acción. En la idea de sintonía fina está la clave. No se trata de un cliché sino de una consigna orientadora que debe ser interpretada: cada sector, cada jurisdicción, cada uno de los actores con responsabilidades en el destino de la Nación deberá encontrar el registro y la escala para que la orquesta suene cada vez mejor y para que la melodía de la igualdad y la prosperidad llegue a todos.
Hay quienes dicen que no escucharon nada. Otros se llenaron los oídos y el corazón con una melodía que combinó responsabilidades de gestión y convicciones políticas en perfecta armonía. Así da gusto vivir en este país.